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miércoles, 18 de mayo de 2011

I.                El Inicio del Viaje
Abril 2009, Inner London
Tras la forzada marcha atravesando gélidos y sucesivos embates de punzante líquido terminé por guarecerme bajo un remate de cemento llorón encaramado al borde superior de una salida condenada tras un negro portal y que descollaba lo justo para crear esa perceptible frontera entre la gris humedad y la ―también grisácea, aunque más desvaída― estrecha franja de polvoriento pavimento que mantenía mi anatomía, mi vestimenta y el macuto de lona que siempre me acompaña más o menos a salvo. En tal instante tuve la sensación ―si bien epidérmica― de haber mutado hacia una suerte de asaeteado acerico.
«En fin ―me dije― todo podría ir a peor si soplara ese condenado viento; el típico ventarrón racheado que convierte al agua en un afiebrado capítulo de derviches a punto de alcanzar el éxtasis».
A lo largo de la narración, el lector avezado se percatará que ―en la medida de las posibilidades― propino un espolique a mi abotagado optimismo cuando las circunstancias se tornan, digamos, poco amables. No me veo capaz de describir el mecanismo que «dispara» y mantiene tal proceso transcribiendo simples palabras al papel, pero sí puedo dar fe que constituye un acto sumamente recomendable para individuos que, como es el caso, propenden a instalarse en un nivel mental fronterizo o ―incluso― claramente yuxtapuesto a la melancolía (estado en absoluto asimilable a la languidez romántica decimonónica) y que recelan, tanto de las bondades de la psicoterapia como de los espurios efectos que, sobre el espíritu, aseguran infligir esos modernos libelos que se han dado en adjetivar «de autoayuda», redactados ―muy probablemente― a partir de ideas surgidas en las zonas meridionales de gurús (de no se sabe muy bien qué suerte de disciplina) garantizando, de forma desvergonzada ―a necios, perturbados, incautos, epicúreos de medio pelo, buenistas irredentos y atormentados dispuestos a vender sus oídos al mismísimo Mefistófeles―, poseer la clave de la arcana esencia del éxito vital.
 Y hete aquí ―prosigo, sin más digresiones― que, mientras recuperaba parte del aliento desperdiciado en los últimos metros, me percaté de que me hallaba ―ya― en el extremo norte de Belgrove Street (originariamente Belgrave Street), ramal londinense que inició su urbanización hacia 1834 y en el cual, y sobre todo tras el castigo infligido por la Luftwaffe durante el Blitz, solo se mantienen en pie ―del conjunto de viviendas originales― los números 1 al 8 de la margen izquierda[1]. Era ese punto, en concreto, un lugar de gloriosa rendición (al menos así lo he representado siempre en mi imaginación cada vez que, desde la distancia, vuelvo a recalar en ello); confín que parecía haberse diseñado ad hoc para facilitar que uno pudiera allanarse, con su dignidad impoluta, desde la recoleta senda a una vasta trocha, ahora presa del ineludible asfalto y hendida ―de forma impenitente― por raudas y desiguales estelas, pastiche de carnalidad e ingeniería multiétnicas, que se benefició ―durante gran parte de su devenir― de la muda regalía de elocuentes jalones nacidos de una recuperada concepción estilística de lo visible, tal era el Victorian Gothic  o Gothic revival representado por los ilustres Augustus Wellby Northmore Pugin, Horace Walpole, James Wyatt o el prolífico George Gilbert Scott, ligada ―en avenido matrimonio― con la fábrica funcional (y ornamental, no cabe duda) de lo contenido en las entrañas, surgiendo ―ésta última― de la creciente estimación hacia materiales hasta ese momento relegados (cuando no altivamente denostados) en la que se implicaron, y se aplicaron con ímpetu, ingenieros británicos (como William Henry Barlow) y de la Europa continental[2].


[1] Roberts, H.; Godfrey, W. H. (editors) SURVEY OF LONDON Vol. XXIV. King’s Cross Neighbourhood (The Parish of St, Pancras. Part IV), pp. 108-109. The London County Council. The County Hall, London, S.E. 1, 1952.

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